Parecido

10-01-2009

A la señora Sara,
a su fidelidad como lectora
y a su sentido del humor.

Durante toda mi infancia creí que el hecho de parecerse mucho a una persona famosa, debía ser algo bonito y de real importancia. 
Lo recuerdo porque, en mi niñez, todo el mundo me decía que mi padre era muy parecido a Carlos Alberto Reutemann, piloto de Fórmula 1 de percha milimétrica y ojos calibre 22, al que los amantes del deporte motor llamaban “Lole”, las mujeres llamaban “Él” y los santafesinos llamaron “gobernador”.
En una ocasión, estando de vacaciones con toda la familia en Bialet Massé o en alguno de esos sitios de las serranías cordobesas, paramos en una estación de servicio a cargar combustible y el muchacho que atendía allí le preguntó a mi viejo -mientras repostaba combustible en el tanque de un R12 de color verde- si era Reutemann. El Luis sonrió, y como no vio muy convencido al empleado, señaló a mi madre, que estaba dentro del auto, y dijo: “¿Mi esposa no se parece a Mimicha, no?”.
No. En realidad mi madre -por suerte- no se parecía a Mimicha en nada.
Hace unos diez años llegué a España con Susana y nos instalamos a vivir en Girona, donde ella tenía su casa. En esa ciudad -una de las más bonitas de todo el país- entré en contacto con algunos escritores y periodistas, y comencé a reunirme con ellos para intercambiar ideas, experiencias e información.
Una mañana de domingo, sentados en un bar (¿El Sol?) ubicado frente al ayuntamiento gironí, dos mujeres de unos 50 años se acercaron a la mesa donde estábamos. Una de ellas, con mucha educación, me preguntó si era yo: “¿Eres tú?”. Antes de que yo reaccionara, uno de mis compañeros de tertulia contestó por mí y explicó, con mucha educación, que yo era muy parecido pero no, “no es él. Me consta”.
Cuando las dos señoras estaban retirándose, un tanto decepcinadas, yo pregunté ¿a quién no me parecía?. Entonces la misma mujer que había hecho la pregunta, dio la respuesta: “A Caco. Es usted igual que Caco Senante”.
Me quedé pensando si me hablaban en serio o si era una broma para Videomatch.
Atónito, perdido y sin respuestas, acudí a quienes compartían la mesa conmigo para encontrar respuestas: ¿Hablaban en serio esas dos mujeres? ¿Era yo parecido a alguien más, además de mi madre? ¿Era ese alguien famoso? ¿Era actor, escritor, músico, maricón o ladrón, como lo indicaba su nombre? ¿Era buen tipo o corría yo peligro de que me abofetearan en la calle? ¿Tendría él más deudas que las que yo tenía en ese entonces?
Caco Senante -consta en su acta de nacimiento- es un cantante canario nacido el 25 de octubre de 1949 en Santa Cruz de Tenerife, en las Islas Canarias, que hizo famosa la Nueva Canción Canaria en las décadas del 70 y 80, y se dio a conocer en toda la Península Ibérica con la salsa “Mojo Picón”.
El Caco, como se lo conoce en España, tiene barriga, pelo blanco desde joven y barba corta, características éstas que lo hacen a él parecido a mí -o viceversa-.
La confusión de la que fuí protagonista por primera vez en Girona, volvió a repetirse en Barcelona algunas semanas después, en Girona y en Figueras en los meses siguientes, en Santander y en la Costa Azul de Francia, donde fuimos a pasar un fin de semana.
Hasta ese momento, no dejaba de ser una anécdota agradable.
En el 2004, aprovechando una buena oferta de trabajo que le hicieron a Susi, nos mudamos a Santa Cruz de Tenerife, isla en la que fuimos muy felices y a la que muchas veces añoro con ternura.
Llegamos al famoso Aeropuerto de Los Rodeos, el “Del Norte”, y apenas bajaditos del avión comenzó el ataque: Una mujer sesentona y su hija apenas menor que yo, se acercaron con lápiz y papel en mano a pedir un autógrafo: “Desde siempre te escuchamos, Caco. Desde siempre”. Fue la primera vez en mi vida que tuve que mostrar mi pasaporte argentino, para demostrar que no era quien ellas creían que era.
No me creyeron.
Viviendo a metros de la Plaza Weyler, en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, era imposible -casi- salir a la calle sin tropezarme con alguien que me preguntara si era yo (es decir, si era Caco Senante), si le firmaba un autógrafo, si le cantaba un poquito del 'Mojo Picón' o si me sacaba una foto.
Antes de continuar el relato, quiero dejar muy claro que me he sacado fotos y he saludado amablemente cientos de veces, pero nunca me he hecho pasar por Juan Carlos 'Caco' Senante, ni por nadie que no sea yo mismo. (Alguna vez, eso sí, he negado ser yo mismo en situaciones adversas). Aclaro ésto porque, actualmente, Senante está acusado de algunas irregulariodades en la SGAE (Sociedad General de Autores y Escritores), donde fue, durante muchos años, la mano derecha de Teddy Bautista, capo de la organización acusado de fraude, falsificación de firmas y otras imputaciones.
Cuando la gente del barrio ya me conocía y ya podía circular por la calle sin problemas, llegaron los carnavales. Y los carnavales, en Tenerife, son muuuuyyyyyy celebrados. A tal punto, que los comercios cierran durante la mañana y durante la noche algunas aceras se vuelven instransitables. En ese contexto, siempre había alguien que me descubría y lo anunciaba: “¡El Caco! ¡El Caco Senante!”.
En mi primera noche de Carnaval, aguanté sólo media hora. Nunca más volví a las carnestolendas de Tenerife.
Cuando los carnavales habían pasado, fuimos a conocer la ciudad de Las Palmas, capital de la isla que está justo enfrente y que se llama Gran Canaria. Allí también me confundieron con el Caco, aunque con menos felicidad que en Tenerife: existe, entre los habitantes de una y otra isla (Canariones de Las Palmas y Chicharreros de Tenerife) cierta rivalidad que les lleva, incluso, a diferenciarlos en el consumo. Los canariones beben ron, como agua; y los chicharreros beben cerveza, como aire.
Al volver de Las Palmas comenzó una etapa muy bonita en mi vida. Empecé a trabajar en ACAN Agencia, es decir, la Agencia Canaria de Noticias. Allí era una especie de comodín que cubría todo lo que fuera necesario, pero lo que más hacía era viajar a las otras islas para buscar información de distinto tipo. Durante más de dos años, recorrí La Palma, La Gomera, Fuerteventura y Lanzarote, casi semanalmente, lo que hizo que visitara cada uno de sus aeropuertos con esa continuidad y con esa misma continuidad fuera confundido por palmeros, gomeros, majoreros y lanzaroteños como el Caco Senante.
Un señor, en la localidad de Tías, Lanzarote, aseguraba ser primo de mi madre por parte de su abuelo; y en Antigua, Fuerteventura, un matrimonio de octogenarios decía haber conocido a mi madre en su viaje de bodas.
Llegué -contra mi voluntad- a cortarme el pelo al ras, afeitado, y a la vez a quitarme la barba -mi seña de identidad-; pero aún así me miraban con dudas.
Normalmente, para evitar problemas, andaba con el DNI en la mano y ante el mínimo ataque lo desenfundaba al mejor estilo Lucky Luke, más rápido que mi sombra: “Lo dice aquí, mire: Marcelo Luis Bailone...”.
En el año 2006, volví al camino. Nos trasladamos a la isla de Ibiza, donde fijamos nuestra residencia, y allí inicié una nueva etapa en mi vida profesional, volviendo a mis orígenes en el periodismo: el Deporte. Fui contratado por el diario EL MUNDO de Ibiza y Formentera, para hacerme cargo del área deportiva. Al poco tiempo, me pidieron que redactara una columna semanal, de temática libre, para colaborar con la página de opinión del periódico, y así fue como cada domingo empecé a darle letra a los QUIENES Y DÓNDE, espacio cuyo nombre lleva implícito un claro homenaje al maestro de los maestros de la literatura cordobesa y pluma mayor de la Docta, don Daniel Salzano.
En Quienes y Dónde publicaba, cada domindo, un texto relativamente corto junto a una foto mía de una columna. Poco a poco, con mucho humor e ironía, logré hacer algunos adeptos que enviavan e-mails opinando sobre algún escrito; o algunos argentinos que se sentían identificados con algunas palabras y términos; e incluso que algún ofendido respondiera por sentirse “tocado” en mis escritos.
Por suerte, el tema del Caco, tan presente en las islas Canarias, había desaparecido por completo en las islas Baleares, y salvo por una mujer confundida en Talamanca y un matrimonio en Formentera -todos ellos muy comprensivos- mi parecido con el cantante cchicharrero no volvió a hacer apariciones.
Una mañana de septiembre, de principios de mes, con los últimos calores del verano pitiuso (ibicenco) en la piel, me senté en la planta alta del aeropuerto a esperar el avión que me llevaría a Barcelona, donde renovaría mi pasaporte argentino.
Justo enfrente de mí, una mujer mayor, probablemente de la edad de mi madre, me miraba insistentemente con una sonrisa cómplice, como de alguien que te conoce sin que tú lo sepas.
Cruzamos miradas dos o tres veces, siempre sonriendo y con mucha educación, y a la primera de cambio, se sentó a mi lado para entrar en diálogo, arrastrando con ella un coqueto neceser negro, que hacía las veces de bolso de mano, y un periódico debajo del brazo.
Yo a usted lo conozco muy bien”, dijo la fémina para romper el hielo, a lo que contesté -sin poder evitarlo- con una sonrisa marcada.
En el interín de algunos segundos que hubo entre la primera frase de “tanteo” de esta mujer y la que vendría a continuación, mi cabeza se inundó de gestos, miradas, frases y saludos de toda aquella gente que, creyendo que yo era quien no era, se había acercado a mí en distintos lugares, para saludar a quien creían su ídolo. Los recuerdos se inclinaron por los gestos odiosos de algunas personas que simplemente no me creían, o por las caritas desahuiciadas de quienes creyendo encontrar a Senante habían hablado con Bailone.
Estás igual, aunque en persona tienes el pelo y la barba más blancos”, fue la segunda frase matadora de la mujer que, de acuerdo a mis cálculos, en cualquier momento me pedía que le cante la del mojo picón o que le firme un autógrafo para ella y sus hermanas.
El cabello gris peinado en una peluquería y la sonrisa agradable de aquella mujer que posteriormente se identificaría como Sara, me recordaron -con malhumor- a una mujer insistente que en un barco que va de Fuerteventura a Lanzarote, se enojó conmigo por negarme a firmarle un autógrafo, a pesar de que el resto de la gente e incluso la azafata, aseguraban que yo nada tenía que ver con quien ella creía. La mujer se fue, muy enojada, y al bajar de la embarcación me gritó, delante de todo el mundo, que iba a tirar a la basura mis discos -entiéndase los de Caco Senante- apenas llegase a su casa, por lo que, durante varios meses me quedé preocupado y me sentí culpable de estar perjudicando al Caco, por una cosa tan inocente como tener algún parecido físico con su persona.
Sin darme cuenta, una falsa culpa me había vuelto a la cabeza y con ella encima miré a la mujer del aeropuerto, mostrándome ya no tan sonriente como antes. Antes de que volviera a pronunciar palabra, la mujer me escuchó con sorpresa: “¿De dónde me conoce, señora, si puedo saberlo?”.
La señora, un tanto sorprendida porque seguramente se sintió atacada por mi manera de preguntar, volvió a sonreir al contestarme: “¿De dónde va a ser? Del diario. Usted escribe los 'Quienes y Donde' cada domingo en El Mundo, y yo no me los pierdo”.
Tragame tierra. Eso pensé en aquel momento y estoy seguro que mi rostro se puso de color morado, porque aquella mujer cambió su sonrisa cómpice por una risa más copiosa, que se acercaba a la carcajada.
Con la voz del altoparlante llamando a los pasajeros con vuelo a Barcelona y mi mochila ya preparada en la mano derecha, miré a los ojos a la mujer que seguía sonriendo y, amagando ponerme de pie, le contesté: “Se equivoca, señora. Yo soy Caco Senante” y ambos soltamos la carcajada.
     

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente relato , como siempre! Marisel

Anónimo dijo...

Me aparece un bonito recuerdo... Escuchándote en anécdotas de confusiones de identidad,un abrazo. Marisa.

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